14

Después de ver el video que hizo Max, le pedí a mi viejo que escribiera algo sobre ese día hace 14 años. Él de casualidad estaba ahí en Buenos Aires junto a mamá. Acá va:

Junto a mi esposa estábamos alojados en el departamento de mi suegro, por aquellos días Director de la Casa de Entre Ríos. Hablando de distancias porteñas, a “pocas cuadras” de Pasteur al 600.

 

Era una mañana fría. Acabábamos de levantarnos y preparándonos para desayunar un ruido tremendo conmovió el edificio. Fue como dos estallidos casi simultáneos. Obviamente, con sentido periodístico, apelé a prender radio y televisor pues algo grave había sucedido. Las estridentes sirenas mezcladas reafirmaron la presunción.

 

Y Crónica lo confirmó: una explosión destrozó la AMIA. No lo dudé un instante, aún con el ceño preocupado de mi señora, decidí trasladarme hasta la zona. No tenía idea con que me encontraría. Ni siquiera sabía para qué iba si por aquella época me desempeñaba en EL DIARIO y en LT 14 pero como Periodista Deportivo.

 

Algo me movió a no demorar ni un segundo y llegar como fuera. Obviamente el tráfico era caótico entonces recuerdo que bajé del taxi cuatro cuadras antes del Hospital de Clínicas y desde ahí corrí, guiándome por los datos que me dio el “Tachero” y el humo, la polvareda, que aún persistían.

 

A medida que llegaba a la zona específica, el caos se palpaba. Cuadra a cuadra, se iba revelando un panorama atroz. El polvo y mi nariz se confundía con una mezcla de olores, tan rarísimo como pegajoso: sangre, tierra, gas, kerosene, amoníaco, pólvora, nafta, plomo derretido, perdón por la ordinariez pero… era un tufo pesado, picante, acre.

 

No recuerdo bien si la esquina era Viamonte donde ya se había dispuesto una férrea valla de uniformados que solo era cortada por un desfile incesante de decenas de heridos, varios de ellos mutilados.

 

Todo era desolador y confuso. Las ambulancias, las autobombas de los Bomberos, los patrulleros hacían ulular sus sirenas y creaban un espectáculo dantesco combinándose con los gritos desgarradores de heridos y de personas que buscaban a familiares o amigos.

 

Los policías, los médicos y enfermeros corrían atropelladamente. Aún mantengo en mis retinas las caras estupefactas, absortas de hombres y mujeres aturdidas, shockeadas, caminando sin sentido por la zona, desubicadas, perdidas…

 

Las escenas eran tan anárquicas como repetidas, mezclándose gemidos trágicos o que hablaban de milagros. Deseaba colaborar pero no se me permitía entonces dí la vuelta y creo que en Tucumán ahí sí logré adentrarme mas en el escenario de guerra.

 

Pasmado quedé al ver el hueco que había quedado de lo cual era la Mutual Judía. Y en segundos alcé la vista y me percaté de dónde estaba. Por unos segundos entendí que el miedo también huele. Supongo que el olor a muerte lo genera. Hasta que parte de un ventanal se estrelló a no más de 10 metros mío, y un grupo de policías con cintas amarillas, me sacaron del lugar y me llevaron de nuevo a la esquina de lo que creo era una librería, ubicándome junto a un coche de Bomberos.

 

Por unos minutos sentí desesperación, una necesidad imperiosa de ser útil de algún modo.

 

Podría escribir carillas enteras de aquella mañana imborrable, pero por decoro, respeto a los sobrevivientes e incapacidad de revivir el terror poniéndolo en palabras, me ahorro lo más horrendo que vi.

Cada uno de los que estuvimos ahí sabe muy bien lo que sintió. Pero ese pánico es intransferible.

 

Ochenta y cinco personas de la AMIA no pueden relatar lo que sintieron. Sólo ellos saben lo que realmente ocurrió y como sucedió. Ochenta y cinco familias. Ochenta y cinco historias. Quizás por eso sentí la necesidad de escribir este breve relato de un cronista.

 

Todavía hoy, viéndome difusamente en Canal 26, repartiendo en una fila de voluntarios improvisados, bidones de agua, y descartables, me parece caminar sobre los escombros, vidrios, hierros retorcidos y sangre, mucha sangre vertida impunemente ya veo que por los siglos de los siglos, siendo el argumento principal de una de las pesadillas más recurrentes de la memoria colectiva de quienes habitamos éste bendito país.

Fue el peor atentado en la historia argentina. Una herida abierta que hasta el día de hoy no cierra.

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